Mi nombre es María S. Mi esposo, tres de nuestros cinco hijos y yo vivimos en Brasil desde 2021. Dejamos la ciudad de Maracaibo, en Venezuela, debido al agravamiento de la crisis humanitaria en el país. Sin embargo, la principal razón de nuestra salida fue nuestra hija, que sufre de hipoxia cerebral, una enfermedad que causó daños cerebrales permanentes y la dejó totalmente dependiente de los cuidados de la familia.
No fue fácil tomar esta decisión, ya que mi esposo, mis hijos y yo no teníamos trabajo, recursos económicos ni alguien que nos orientara en ese momento. En Venezuela, antes de la crisis, mi esposo trabajaba como mecánico y yo tenía una frutería.
Mi hija se encontraba cada día más vulnerable y enferma, y el país no ofrecía condiciones adecuadas para la atención médica que necesitaba. Aquí en Brasil está recibiendo una buena atención en la salud pública, aunque sigue dependiendo completamente de los cuidados familiares para sobrevivir.
Cruzamos la frontera entre Venezuela y Brasil en nuestro propio carro, que vendimos en cuanto llegamos a Pacaraima, en Roraima, donde permanecimos tres meses en un refugio del ACNUR. La ciudad estaba sobrepoblada de migrantes, todos en busca de trabajo, que, por cierto, era muy escaso. Conseguí un empleo de limpieza y, así, logramos reunir el dinero suficiente para pagar el autobús hasta la ciudad de Porto Belo, donde compramos los pasajes de avión a São Paulo.
Al llegar a São Paulo no teníamos a dónde ir. Pensamos en buscar una terminal de autobuses como una posibilidad de albergarnos temporalmente hasta encontrar un lugar para vivir. Así llegamos a la terminal de Barra Funda, donde permanecimos tres días en una sala con todo nuestro equipaje. Mi hija estaba en su silla de ruedas todo el tiempo, muy débil y cada vez más enferma.
Un señor de origen venezolano, al vernos en esa situación y notar que también éramos venezolanos, se acercó a nosotros y nos orientó sobre cómo alquilar una casa en Brasil. Yo me quedaba en la terminal con mi hija mientras mi esposo y mi hijo recorrían la ciudad en busca de una casa.
Un día, una señora nos ofreció su casa para quedarnos hasta que encontráramos la nuestra. Al principio tuve miedo, pero hablé con mi familia y aceptamos. Nos quedamos allí hasta conseguir una casa en el barrio Eliza Maria.
Conocí la Asociación CASA en 2023 cuando, al ser atendida por el SASF – Servicio de Asistencia Social a la Familia –, la trabajadora social me dijo: “Mira, está la Asociación CASA, ellos atienden a migrantes.” Como era diciembre, participé en la Cena de Navidad y fui muy bien recibida. Sentí que una parte de mi país estaba allí conmigo.
Hasta hoy participo en las actividades, no solo como atendida, sino también como voluntaria en los encuentros de familias. Estoy muy agradecida por la forma en que fuimos acogidos en la Asociación CASA.